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Faedo de Ciñera - Haya «Fagus»
Ciñera (La Pola de Gordón)

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Un paseo inolvidable y mágico por el hogar de Haeda, la bruja del Faedo que vela para que nunca falte carbón en las entrañas de aquellas tierras.

«El bosque mejor cuidado de España» es el título otorgado en 2006 al Faedo de Ciñera en un concurso nacional promovido por “Bosques sin Fronteras” y “Árboles, leyendas vivas”, con la colaboración del Ministerio de Medio Ambiente, y ello gracias a la Asociación de Madres y Padres del Colegio San Miguel Arcángel de Ciñera de Gordón y a su proyecto “Fagus: 500 años de historia, 1508-2008”.

Tal vez esta mancha de hayas encaramada en la ladera norte de un esbelto risco a dos kilómetros de la población minera de Ciñera, no sea un hayedo tan extenso como los que pueblan los valles de Picos de Europa, Laciana o los Ancares. Pero el encanto y la magia que envuelven a quien se adentra en su interior en un corto pero delicioso paseo de 200 metros son muy difíciles de olvidar.

Se diría que uno entra en un mundo fantástico, poblado por árboles antiquísimos con extrañas formas que parecen cobrar vida, alimentados por un arroyo que serpentea entre pedruscos.

Al poco de entrar en el fantasmal entorno surge un imponente ejemplar de haya, bautizada como Fagus, con una antigüedad estimada en 500 años, la cual brinda un simpático saludo al caminante mediante un cartel colocado a sus pies, explicando brevemente su historia y la del Faedo.

Una vez fuera del Faedo, una plataforma de madera permite el paso a través de una diminuta y estrecha hoz caliza, la Hoz del Villar, donde pueden contemplarse pequeñas marmitas de gigante, formaciones de erosión fluvial en la roca en forma de pozas.

A partír de allí continúa la ruta completa del Faedo hasta el pueblo de El Villar, a unos 3 km de Ciñera, y comunicado con ésta también por una corta carretera de 5 km.

Una de las peculiaridades botánicas del enclave es la convivencia de dos especies arbóreas muy alejadas en cuanto a sus necesidades de humedad: el haya, propia de zonas muy húmedas y laderas de umbría u orientación norte, y la encina, especie de hábitat muy seco, sin gran necesidad de agua y pobladora de laderas sur o solanas. Ambas ocupan respectivamente las laderas orientadas al norte y sur del arroyo del Villar, acompañadas con algunos ejemplares de roble (quejigos y rebollos), la especie intermedia, y arbustos como tomillo, romero, salvia y orégano.

En cuanto a la fauna del hayedo destacan los corzos y los jabalíes que revuelven la hojarasca en busca de los hayucos, aunque será difícil verlos. Trepador azul, pico picapinos, carabo y avión roquero son otras de las especies que pueblan el entorno.

Junto al haya Fagus, un texto nos muestra su saludo al visitante:

«Bienvenidos amigos:
Me llamo Fagus y tengo alrededor de 500 años, no lo recuerdo muy bien ¡es tanto tiempo! Dicen que soy una de las hayas más ancianas de España.

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También soy peculiar por mi forma, me dicen. Tengo un perímetro de 6,32 metros en mi base y mido 23 metros. Lo normal es que mis hermanas, las hayas, sean árboles grandes, imponentes, hasta de 30 metros. Con las copas anchas y abombadas, la mía tiene forma de copa de vino. No recuerdo, pero es probable que alguna tormenta me arrancase la guía, o … ¡quizás algún vecino!


Estas características y la leyenda de “La bruja Haeda” hacen que se me encuentre incluida en una selección de 100 árcoles, los más singulares de España, en el libro, “Arboles, leyendas vivas”.
Mirad a vuestro entorno, ¡El Faedo!, aquí vivo. Un bosque en el que se respira magia. Este suelo calizo y la materia orgánica hacen que nuestros hayucos, los frutos del haya, germinen fácilmente.
Los animales que aquí viven esconden nuestros frutos en huecos y grietas olvidándolas luego, por ello, hay hayas que aparecen incrustadas en las rocas literalmente.

El arroyo del Villar nos refresca y humedece a la vez que produce esta mágica música que te hace sentir paz.
Muchos animalitos comparten con nosotras, las hayas, este paraje. Aunque no se dejan ver fácilmente por el hombre ruidoso, lirones, trepadores, carboneros agateadores y herrerillos hacen de los huecos de nuestrso troncos y ramas su hogar. Y nuestros hayucos sirven de alimento a corzos y jabalís durante el invierno. ¡Anímate a madrugar la proxima vez! Disfrutará al ver al desmán de los pirineos en su baño matutino.
Paraje especial, sin duda, aquí se respira vida. Hace unos 150 años los hombres de Villar del Puerto y Valle de Vegacervera pasaban por aquí diariamente. Su camno, duro en cualquier época del año, terminaba en la mina. Su sudor regó nuestro bosque durante años. En honor a ellos nuestros troncos y raices crecen tortuosos en vez de rectos y altivos.

Recuerdo el sonar de las campanas de los pueblos vecinos tocando a “facendera” y mujeres y niños venían a hacer camino en la nieve para que, tras la jornada en la mina y gran nevada, papás y maridos pudiesen vover a casa a pasar la noche.
Un poco más arriba en el antiguo “puente de palos” perdieron varios de estos mineros la vida, víctimas de aludes. A ellos y sus familias mi recuerdo y admiración.

Si te encuentras con fuerzas, continua arroyo arriba. Las “marmitas de gigante” te contarán historias de amores y desengaños.
Muchso niños, y algún adulto valiente, las utilizan como bañeras relajantes. Más arriba y como a hora y media de camino de aquí encontrarás la Cuevas de Valporquero, pero eso ya es otra cosa.
Sólo me queda animarte a leer la leyenda de la bruja Haeda.
Agradecerte la visita y el respeto mostrado y … hasta siempre.»


 

...y otro nos cuenta la leyenda de la bruja Haeda, moradora del Faedo:

«El carbón de Haeda:
Una vez me contó un abuelo, que hace muchos, muchos años, antes de que hubiera casas en el valle, cuando aún los hombres vivían al aire libre, y los inviernos eran crudos y muy largos...

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... vivía en el Faedo una bruja llamada Haeda, tenía poderes sobrenaturales, dicen que se los había otorgado el demonio, pero le advirtió: “debes usarlo para hacer el mal, pues si haces el bien con ellos, te consumirás y en tres días desaparecerás”.

La bruja Haeda se frotó las manos, y se preparó para hacer todo el mal que pudiera.
Entre la Vid y Santa Lucia, vivía una familia. La madre, María, el padre Miguel, y nueve hijos pequeños. Por el verano sembraban patatas, fréjoles y lechugas, pues se daban muy bien, y alimentaban a sus hijos.

Pero cuando llegaba el invierno las cosas se ponían muy difíciles, y como no tenían donde refugiarse por la noche, subían a la cueva de los Infantes y allí se guarecían de la nieve y las heladas. Pero un día nevó y nevó, el viento soplaba la ladera de la montaña, estaba helada, y por más que María y Miguel empujaban a sus hijos no consegúan llegar a la cueva, los niños resbalaban y volvían a caer.
Haeda estaba sentada en Berciegos (bien es sabido que las brujas no tienen frio) y sintió un escozor en el pecho al ver aquellos padres que no podían resguardar a los niños del frío. Usando sus poderes arrancó un montón de piedras de ls montañas y les prendió fuego, se pusieron rojas y chispeantes dando un calor agradable, pero lo más milagroso es que duraron prendidas toda la noche, María y Miguel colocaron a sus hijos alrededor y durmieron toda la noche calentitos.

A la mañana siguiente había un gran monton de ceniza, ellos no se explicaban lo que había pasado. Aquel día seguió nevando, en el puerto había niebla, y el frío era insoportable; Haeda pensó que aunque les ayudara otro día aún le quedarían pderes, así que volvió a arrancar piedras de la montaña y las prendió, haciendo una gran hoguera. Pasaron la noche calientes, por la mañana vieron mucha, mucha ceniza que guardaba brasas en sus entrañas, metieron patatas para que se asaran y los niños las comieran tiernecitas.

Haeda se miró en el arroyo, y se vio envejecida y cansada, estaba agotada, estaba dispuesta a ayudarles un día más, aun a costa de su vida pero no sería suficiente, el invierno en estas tierras es largo y no podrían resistirlo. Meditó y meditó, la bruja buena, y juntando las fuerzas que le quedaban, hizo que todas las montañas del valle se llenaran de pieras que prendieran y dieran calor. Vinieron muchas familias y fundaron un pueblo sobre las cenizas, y le llamaron Ciñera. Desde entonces ningún niño pasó frío por las noches, Haeda así lo quiso.

Dice el viejo que la bruja buena se fue a morir al Faedo, y dejó mechones de pelo blanco entre las hayas. Ahora los niños de Ciñera van al faedo de merienda, y sin saberlo juegan y ríen bajo la protección de Haeda, que vela para que no nos falte nunca el carbón.»

 

 

SUSANA VERGARA PEDREIRA 03/10/2014

Hay magia en este hayedo que tiene página web (elfaedo.es), una asociación de amigos para protegerlo (Adelfa), una ampa de un colegio público, el San Miguel de Ciñera, que consiguió que el Ministerio de Medio Ambiente le diera el título en 2008 de ‘Bosque mejor cuidado de España’, un haya de 500 años y unas pozas de agua cristalina y helada excavadas por un riachuelo en el cañón que sortearon cada día durante decenios las cuadrillas de mineros para llegar a la ‘Bocamina 50’. Tierra maravillosa. Un prodigio natural.

Fue, quizá, hace dos millones y medio de años. En el cuarto periodo de la era Paleozoica, antes incluso del carbón. Las tierras emergidas se reparten y alzan. Tal vez entonces se levantaron las crestas devónicas entre las que un pequeño arroyo se encajonó después en busca de un mar.

Por ese camino que surca desde hace siglos, fertilizó praderas y un pequeño bosque de hayas, un milagro. Es el Faedo de Ciñera. Antiguo y hermoso. Tanto que ni los tiempos modernos han arrancado de su nombre popular la f en lugar de una h. Tanto que sobrecoge al sorprendido viajero que se adentra en el territorio de Haeda, la bruja de un bosque de hadas.

Durante siglos, preservado de la curiosidad de los hombres, el pequeño secreto de los vecinos de Ciñera. Y, también, el camino diario de las cuadrillas de mineros que bajaban desde el pueblo de Villar del Puerto para entrar en el tajo de la ‘Bocamina 50’, convertida hoy en un pequeño museo minero y ermita en honor a Santa Bárbara.

Atravesaban cada día las hoces excavadas por el arroyo, sorteando las pozas de agua glaciar que sirven hoy de piscinas naturales a los viajeros más intrépidos, los que se atreven a sostener el pulso con el agua helada, que llegar hasta allí no exige más fuerza física que la que acumula un urbanita. Un camino tallado en la roca devónica al borde mismo de la caída, bajando a veces suave otras más abrupto hasta desembocar en el temido Puente de Palos, hoy un pontón, que los mineros cruzaban con recelo en tiempo de nieve o empapados por la lluvia.

Después, se adentraban en el mágico hayedo. Entrarían en sus sombras sintiendo a Haeda, la bruja de un bosque de hadas de la que el abuelo de Josefina Díaz del Cuadro ya oyó hablar, mucho antes de que hubiera casas en el valle y los hombres se hicieran vecinos, y pasarían delante de ‘Fagus’ y su caprichosa figura sin saber que el haya tiene 500 años y es la más longeva de la península, un ejemplar digno de estar junto al gran Drago de Tenerife en el catálogo ‘Árboles, leyendas vivas’.

Después, se abriría ante ellos la praderona de la bocamina pero no tendrían tiempo de sentarse en el merendero porque el tajo aguardaba. Tierra abierta en busca del tesoro negro que depositó en estas latitudes el carbonífero.

Pero no se impaciente el lector por el tiempo. Hágase viajero y recorra el camino al revés, desde la plaza de Ciñera, andando, hasta la inmensa pradera que se extiende ante el ‘tajo 50’ y déjese sorprender por el cambio de paisajes, entre con reverencia en el bosque de hayas, camine por su pasillo empalizado en respetuoso silencio, pues es patria de la Naturaleza, hasta darse de frente, en otro cambio de escena inesperado, con el cañón excavado por el riachuelo, cruce el pontón que sustituye al viejo puente de palos y báñese, si puede, en la pozas heladas todo el año, tome el sol en las planchas de piedra natural, trepe por los riscos y busque el camino, si lo encuentra, para llegar a Villar del Puerto, el pueblo de donde bajaban las cuadrillas de mineros para meterse en las entrañas de la tierra. Está aquí, en mitad de una Reserva de la Biosfera. En este territorio leonés de extremada belleza.

 

 

 


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